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martes, 22 de julio de 2025

Alguien dice tu nombre, de Luis García Montero: Aprendiendo a mirar

Era mi primer trabajo serio. La persona que me enseñaba iba delante de mi mientras pásabamos casa por casa. Personas mayores en diferentes grados de dependencia nos aguardaban. Nuestra misión era ayudarles: facilitar su movilidad, el aseo personal, hacerles la compra o incluso limpiarles la casa. Los fines de semana eran diferentes a los servicios que tenías entre semana, a los que conocías bien. Cuando llegabas a esas casas por primera vez tenías que hacerte rápidamente cargo de la situación y de los recursos a tu alcance, que muy pocas veces eran los ideales. Este rápido vistazo te informaba de dónde podías encontrar los materiales que necesitabas, qué parte era la mejor para levantar a la persona, dónde anclar la silla de ruedas o cómo acceder más fácilmente al baño. Para todo esto hacía falta mirar. Pero mirar no es lo mismo que ver. Los primeros días mis ojos no estaban entrenados aún para fijarme en lo que tenía que observar. Y sin saber qué mirar es imposible ver. 

“La experiencia es el mayor alimento de la mirada. Aprender a escribir es aprender a mirar”. Un profesor de literatura le dice estas palabras al protagonista León Egea en Alguien dice tu nombre, del escritor y poeta Luis García Montero, una novela sobre las primeras veces y el entrenamiento (que nunca termina), en el arte de mirar. 

viernes, 2 de enero de 2015

Articuentos de Juan José Millás: rodeos muy directos

Estos días, mientras preparaba este artículo he descubierto cierta curiosa contradicción en mi. Mientras que para comunicarme trato de ser lo más directo y unívoco posible, algo que intento hacer extensible a la redacción, donde creo que la claridad es el primer mandamiento, casi el equivalente escrito a la honestidad, resulta que muchos de los autores que me gustan dan grandes rodeos para decir lo que piensan.

Inicio de una larga perorata (estáis avisados)

Después de psicoanalizarme mucho – tranquilos, lo suelo hacer a solas, cuando nadie me ve –; he llegado a la conclusión de que en parte se debe a mi formación como lector. Durante muchos años en mi adolescencia, leí bastante poesía. Aunque los poemas que siempre me gustaron son aquellos que conseguía entender (los que hablaban de mí, como decía Luis García Montero), no cabe duda que la poesía nunca es del todo transparente. Dice mucho más de lo que aparenta, de ahí su magia, y la capacidad que tiene para crear dobles sentidos, paradojas, metáforas, etc.

viernes, 9 de mayo de 2014

La poeta de las dudas

El otro día me invitaron a una mesa redonda sobre cierta terapia psicológica hoy muy de moda. Uno de los ponentes era buen amigo mío y fui con genuinas ganas de escucharle. Además, resulta que esa terapia fue en su día muy importante para mi, en la época en la que creía que una filosofía o un libro podían contener todo lo que necesitaba saber para llevar una vida feliz. Si existe una utopía, esta debe vivir en la juventud, y en la ignorancia de la vida. Crecer, cumplir años – no siempre sinónimo de crecimiento –; supone, por lo menos en mi caso, una continua pérdida de certidumbres, una constante revisión de verdades que creías infalibles. 

Durante la charla tuve la inquietante sensación de que intentaban convencernos de algo, a un público, por cierto, que ya de por sí estaba bastante convencido. Nada más fácil que venderle agua a un sediento, tal vez por ello nunca he profesado mucha fe por ninguna religión. 

Tampoco es que crea en el relativismo ni que sea un cínico que piense que no haya nada que no se pueda saber a ciencia cierta. Pero mis verdades son personales, íntimas, mudables como las copas de los árboles en cada estación. Mis héroes, cada vez más, no son personas que están convencidas de algo, sino personas que tienen montones de dudas e intentan hacer lo adecuado sin demasiada seguridad en el "premio" final. 

Todo esto viene a cuento de un libro que casualmente yo llevaba en mi bolsa (siempre llevo libros en mi bolsa), sobre una poeta que se define (o al menos a mi me gusta definirla así); como la poeta de las dudas, de la incertidumbre. Premio Nobel en 1996, pero ante todo sencilla, cotidiana, e irónica, Wislawa Szymborska, que murió siendo una simpática y discreta anciana que huía de las palabras grandilocuentes y que vivía en un modesto pisito de Cracovia, está hoy más cerca de lo que entiendo como "autoayuda" de lo que pueda estar aquella tarde de terapia psicológica.

 ALGO SOBRE EL ALMA                                             
Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre.

Día tras día,
año tras año
pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo
y los miedos de la infancia
anida por más tiempo.
A veces nada más en el asombro
de haber envejecido.

Rara vez nos asiste
en las tareas pesadas,
como mover los muebles,
cargar las maletas
o recorrer caminos con zapatos apretados.

Cuando hay que cortar carne
o llenar solicitudes,
generalmente está de asueto.

De mil conversaciones
toma parte sólo en una,
y no necesariamente,
pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,
escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:
con disgusto nos ve en la muchedumbre,
le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas
y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza
no son para ella sentimientos distintos.

Sólo cuando se unen
está presente en nosotros.

Podemos contar con ella
cuando no estamos seguros de nada
y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales
le gustan los relojes con péndulo
y los espejos que trabajan afanosos
aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene
ni cuándo se irá de nuevo,
pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,
así como ella a nosotros,
nosotros a ella
también le servimos de algo.
          Wislawa Szymborksa

viernes, 7 de marzo de 2014

Aquí empezamos

Aquí comienza este blog. No tengo claro cómo será ni lo que haré de él. El tiempo lo dirá, aunque como bien dice este poema de Ángel González, todo dependerá de tus ojos, tú que me lees.

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
—oscuro, torpe, malo— el que la habita...

Muerte en el olvido (Ángel González)