martes, 12 de mayo de 2026

Las arrugas de Miranda (o lo que los veinte años entre El diablo viste de Prada I y II dicen de cómo ha cambiado la forma de contarnos historias).

Cuando vi el tráiler de El diablo viste de Prada 2, lo primero que pensé fue: ¡Vaya, pero si parece que no ha pasado el tiempo! Meryl Streep (en la primera 56 y en esta 76), Anne Hathaway entonces 23 ahora 43 al igual que Emily Blunt, parecen las mismas. No sé si a muchos de nosotros nos sacasen una foto con veinte años de diferencia saldríamos tan bien parados. “Claro – pensé –: esta gente se cuida muy bien, por no hablar de los milagros del maquillaje.

Antes de ver la segunda parte revisité la primera, para tenerla fresca. Y ha resultado un ejercicio bastante interesante de lo que el paso de estos veinte años ha hecho con todos nosotros… ¿Os lo cuento?

Primero que todo, aunque alguno ya lo habréis sospechado (este blog tiene pocos pero muy inteligentes lectores), esto no es una crítica cinematográfica. Solo diré que si os gustó El diablo viste de Prada, seguramente os gustará esta segunda parte. Al fin y al cabo tiene los mismos ingredientes, presentados casi de forma idéntica, siendo ¡ay! esta su principal baza y defecto. 

Que veinte años no es nada

Os había dicho en la introducción que las actrices parecían mágicamente las mismas. Pero en un primerísimo primer plano, viendo de cerca la mirada de Miranda Priestly-Meryl Streep, uno nota unas casi imperceptibles arrugas, arrugas que no están en los párpados ni en en las ojeras, sino en la mirada. Una mirada cansada. 

 

Y es que lo más triste del tiempo no es que pase, sino intentar detenerlo, fingir que no ha pasado, algo que solo conduce irremediablemente a la melancolía.

Antes de nada: si nos gusta El diablo viste de Prada, es porque empatizamos con Miranda (soberbiamente, como no podía ser de otra manera, interpretada por Streep). En la primera película de antagonista antipática y cruel va evolucionando a un personaje cada vez más rico en matices. El personaje nunca deja de ser una hija de p*t*, sí, pero la entiendes, la comprendes.  

El personaje de Miranda no necesita sonreír, ser simpático o tener un gesto de bondad para que nos caiga bien. Nos cae bien porque lo comprendemos, porque todos hemos conocido a alguien así: un profesor demasiado estricto pero justo, un jefe duro pero implicado… Nos atrae porque entendemos por qué es así (aunque no lo aprobemos). 

Por eso, en la primera película no es Miranda la que cambia, sino Andy (Hathaway) quien empieza a crecer y mirarla con otros ojos. Y la comprende, y entiende que, incluso aunque la admire, nunca podrá ser como ella. Miranda, por su parte, la deja marchar, dedicándole sin que lo vea ella ni nadie, solo el espectador, una última sonrisa de divertida satisfacción por la evolución de su pupila.

Y ahora volvemos veinte años después, y Andy, de quien se nos cuenta que es ya una periodista consagrada, vuelve en una especie de regresión total, a buscar la aceptación de Miranda, quien (y esto si me parece un acierto, que conste), parece no recordarla. Los dos personajes parece que han vuelto al mismo punto anterior al final de la primera película. 

Durante el metraje asistiremos a la nueva humanización de Miranda, pero no será ya ante la mirada madurada de su ayudante, sino ante un público al que el guionista parece querer en todo momento decirle: “mírala, en el fondo no es tan mala…”.

Como si no nos gustara precisamente por eso. 

La pérdida de complejidad y la aversión al riesgo

Cada vez tengo más claro que si queremos que una historia emocione, tenemos que exponernos. Solo mostrando vulnerabilidad y quiénes somos realmente podemos conectar. Para eso también hace falta confiar en el público, en su capacidad de sostenernos, de entender algo que en parte tiene que ser reconocido y elaborado por ellos para tener sentido. Sin este “salto de fe” todo se vuelve predecible, yermo, muerto por dentro. 

Y este es un fenómeno que noto mucho en el cine más comercial de Hollywood. Productos que evitan el más mínimo roce, secuelas con aversión al riesgo que intentan ser casi remakes de la película original, productos de laboratorio sin alma que buscan maximizar el beneficio a costa de abolir cualquier cosa que pueda desagradar a un público global.

Y en esto no está solo el cine hollywoodiense, aunque quizás sea donde es más fácil verlo. En general, la pérdida de complejidad, la simplificación de narrativas, la inmediatez y la hiper estimulación es parte de un fenómeno que se puede ver en muchos sitios

La abolición del tiempo

En un interesante artículo de la revista Yorokobu, Raquel Espantaleón, directora de estrategia de la afamada agencia de publicidad Sra. Rushmore, se hace eco del libro del filosofo Byung-Chul Han La crisis de la narración en el que expone que vivimos en un mundo donde predomina la información sobre el relato. Información que se nos sirve en pequeñas píldoras descontextualizadas, sin conexión unas con otras.

Porque un elemento clave del relato es el tiempo. El tiempo como proceso. Como explica Espantaleón: “un tiempo que pensamos que no tenemos. Porque el tiempo se ha convertido en el bien más escaso y preciado de nuestra época”. 

Esta abolición del tiempo se puede ver en muchos ejemplos. En una escena de una de las últimas películas de Indiana Jones, por ejemplo, los protagonistas hablan de ir a la selva amazónica y en el siguiente fotograma ya están allí. Para qué perder el tiempo en el viaje. Pero por el camino perdemos la dificultad del trayecto que habría alimentado el sentido de la maravilla de poder llegar a un lugar tan lejano e inaccesible. En otro ejemplo, en la reciente Hail Mary (Proyecto Salvación), Ryan Gosling no puede encadenar más de dos minutos sin que ocurra algo, un tropiezo, un chiste, una sorpresa. Parece que hay desconfianza en que un público hiper estimulado por los reels de TikTok y otras distracciones sea capaz de mantener la atención si no está pasando algo todo el rato. 

Y esto nos lleva a los finales felices. Si las decisiones que tomamos no tienen consecuencias, si no perdemos algo por optar por otra cosa, si no nos equivocamos o acertamos a veces por error… Entonces se pierde la emoción de que la historia, como proceso, lleve a algún sitio.  

El problema no es que hayan pasado 20 años, si no ver la misma película 20 años después. Aquí es donde el tiempo pasa (y pesa), y las arrugas no muestran un rostro distinto sino uno por donde solo ha pasado el tiempo, nada más. 

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