Todas las sociedades cuentan con una serie de relatos que explican de manera mítica su origen. A través de ellos, los pueblos se cuentan quiénes son y construyen su identidad en torno a una visión compartida de la historia.
En estos días en los que se cumple el 50 aniversario de la muerte de Franco, se ha estrenado la miniserie Anatomía de un Instante, basada en el libro del mismo nombre de Javier Cercas. En el momento en el que se publicó (2009), la monarquía y todo el relato de la Transición contaban con un gran prestigio. Poco tiempo después, sin embargo, una serie de acontecimientos cuyo catalizador principal fue la crisis iban a poner en tela de juicio la visión más idealizada de ese periodo.
Una ley para gobernarlos a todos
Franco murió en su cama y la democracia se conquistó no por una ruptura radical o una rebelión en las calles, como acaso habían soñado muchos opositores al régimen, sino mediante una serie de arriesgadas reformas legales de las personas que en aquel momento estaban a cargo de la partida: el rey Juan Carlos, Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda. Si de una película se tratase diríamos que el rey emérito fue el productor, Fernández Miranda el guionista, y Suárez el actor principal.
Había un problema de partida: el rey había jurado no una sino dos veces cumplir y defender las Leyes Fundamentales del Reino, heredadas de Franco. Faltar al juramento significaba romper la legalidad y perder el apoyo de los órganos que le habían jurado lealtad como sucesor de Franco, entre ellos, el ejército.
Así que el cambio debió construirse sin salir de la legalidad “de la ley a la ley”. Fernández-Miranda alumbró la herramienta principal para llevarlo a cabo: la Ley de Reforma Política, en apariencia una más de las Leyes Fundamentales del Reino (la octava), en la práctica un auténtico caballo de Troya que servía para derogar la dictadura y poner las bases de un sistema parlamentario. La ley fue aprobada por las cortes franquistas en 1976 y ratificada en referéndum poco después. A partir de ahí vinieron las primeras elecciones libres desde la República, con la legalización del Partido Comunista; la aprobación de la Constitución y la construcción del estado de las autonomías.
Yo tenía tres años recién cumplidos durante el 23F. Crecí con el relato idealizado: un grupo de sagaces y valientes estadistas comandados por el rey habían conseguido la cuadratura del círculo: pasar de la dictadura a la democracia de forma rápida y pacífica. El título de este relato sería: triunfo.
Pero hay un sector que siempre sintió que la Transición fue en realidad una resignada claudicación por parte de unas fuerzas opositoras que no tenían suficiente poder para imponerse. Con la crisis económica y la eclosión del movimiento 15M se empieza incluso a hablar del régimen del 78 como si la democracia hubiera sido mal construida por un defecto de origen. El título de este relato sería: desencanto.
En todo caso, a mí siempre me fascinó la sagacidad con la que se dio el paso de la dictadura a la democracia, más parecida a un truco de magia en el que se escamoteó la dictadura delante de las narices de un bloque inmovilista no tan pequeño. Me gustaban esos antihéroes que utilizaron sus limitados recursos para desmontar aquello que en cierta manera les había puesto allí.
Cuando leí el libro de Cercas me di cuenta de que había una palabra para definir esto. Son los llamados “héroes de la retirada”. Un término que el autor toma de Hans Magnus Ezenberger, quien celebra que “frente al héroe clásico que es un héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo XX habían alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítido e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus condiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo”, explica Cercas en los primeros capítulos de su libro.
Tres “traidores”
Adolfo Suárez es uno de los tres héroes de la retirada en que se basa el libro. Los otros son: Santiago Carrillo (dirigente del Partido Comunista, revolucionario), y Manuel Gutiérrez Mellado (militar que en su juventud había respaldado el golpe de Franco). Los tres tuvieron que traicionar a los suyos en pro de un bien mayor: salvar la incipiente democracia. Como si presintieran su papel en la historia, los tres permanecieron sentados sin esconderse durante la irrupción y tiroteo de los golpistas en el Congreso. Fueron los únicos. Ese instante es el que utiliza Javier Cercas (y la serie) para hablarnos de ellos.
Cercas, que empieza el libro confesando que el mismo nace del fracaso de escribirlo como novela, hace una minuciosa labor de investigación sobre el 23F. En la mejor tradición de la novela de no ficción popularizada por Capote, Cercas coteja documentos, testimonios. Reconstruye los hechos, hace hablar a los silencios. En las partes en sombra, en los pocos momentos en los que se atreve a elucubrar, lo hace advirtiendo en todo momento al lector de aquello que no se sabe a ciencia cierta.
La modernidad parece a veces querer construirse contra el mito de un pasado oscuro con el que hay que romper y la soberbia de pensar que nada de lo que se hizo antes se ha hecho bien. La madurez quizás consista en aceptar que siempre venimos de alguien, que debemos algo a quienes estuvieron antes y a quienes aún no han llegado. Deberíamos entregarles a los primeros nuestro agradecimiento, y a los que vienen una historia un poco mejor que la que recibimos. El título de este relato sería: realidad.
Frente a los amantes de la pureza y los absolutos, los posibilistas: los equilibristas que construyen un futuro mejor con los materiales que tienen a su disposición, que normalmente distan mucho de ser los ideales. Sirva este artículo como homenaje a todos ellos.




¡Hola, Miguel! Tanto la miniserie como el libro no me generan excesiva curiosidad, pero más que nada porque, aunque a veces veo documentales sobre el tema, tampoco es que me atraiga mucho. Eso sí, veo importante tener nociones sobre lo que ocurrió y me gusta especialmente tu reflexión sobre lo que supone la madurez.
ResponderEliminarYo ni existía cuando fue la muerte de Franco, pero hoy en día es como si se quisiera demonizar el pasado en su conjunto. Ni todo es 100% malo ni todo es 100% bueno. Se hicieron cosas condenables, pero también se dieron mejoras.
Y, lo más triste, es que parece que hay que tener cuidado a la hora de opinar, ya que, digas lo que digas, enfadarás a un bando o a otro, es como si no hubiera punto intermedio.
En un mundo de incertidumbre como en el que estamos, ojalá aprendiéramos de los fallos y los aciertos sin caer en la guerra por cualquier cosa.
¡Saludos y buen fin de semana! ;-)